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Declaran premio desierto en la tómbola del orgullo

August 1, 2017

Sólo Mario Negri y Juan Brügge sobresalieron por encima del resto. Ante la inminencia de un debate político, De vido corrió a esconderse en las faldas de Cristina.

 

Fue una omisión maliciosa, pero necesaria para quien la practicó y reveladora para quienes la advirtieron. Sucedió durante el debate parlamentario por la expulsión de Julio De Vido.

 

Es en todo impensable que Nilda Garré –ahora diputada nacional, pero militante revolucionaria en los años ’70– haya olvidado, como dijo con voz apenas audible, los motivos por los que se trató y aprobó a fines de los años ’40 el desafuero parlamentario del radical Ricardo Balbín.

 

Garré integró una generación política que castigó en cada discurso, en cada asamblea, la oposición que hizo Balbín, entonces jefe de la oposición, contra el expresidente Juan Perón.

 

 

Diestra en los debates de trinchera, Garré jamás hubiese dejado escapar ese precedente si le hubiese servido para justificar su voto y el de su bancada, en favor de Julio De Vido.

 

El plato estaba servido. Podía mostrarse como la revolucionaria de entonces, devenida en republicana de hoy, invocando en tono autocrítico la injusticia del caso Balbín para evitar su innecesaria reiteración. No lo hizo. Prefirió fingir un olvido.

 

Esa decisión de Garré tiene una explicación incontrastable. No sólo le sería costoso admitir la desmesura del ’49, sino que jamás podría trasladar a la figura del exministro procesado en casos como la tragedia de Once las palabras con las que Balbín se defendió en su hora.

 

“Porque esto de ser echado de estas bancas es privilegio concedido por una tómbola de orgullo que nosotros tendremos para siempre”, dijo Balbín en 1949. “Yo no voy a buscar ciudadanos dignos para ir a custodiar mi dignidad”.

 

Lo que hizo De Vido fue con exactitud lo contrario.

 

Aun sin pedido de desafuero y apenas ante la inminencia de un áspero debate político, corrió a esconderse en las faldas de 
Cristina Fernández.

 

En su discurso balbuceó una amenaza de tono mafioso contra intendentes, gobernadores y legisladores que seguramente conocieron de cerca sus entuertos.

 

Pero huyó por el tirante cuando salió sorteado en la tómbola del orgullo. Su estatura no alcanzaba ni para el escalón de las víctimas.

 

Es cierto que su alegato no fue totalmente disonante con el tono general del debate en la Cámara joven de la Nación. Salvo excepciones, el nivel de la discusión parlamentaria fue menos que opaco. “Aparcerías, pequeñas disminuciones”, hubiese dicho Balbín.

 

Hubo momentos de vergüenza.

 

Sandra Mendoza, diputada kirchnerista por la desventura inagotable y pura de Jorge 
Capitanich, puso en evidencia que la incapacidad de salud sobreviniente para el ejercicio del rol parlamentario también existe.

 

Diana Conti dijo que se intentaba “chivar expiatoriamente” a Julio De Vido. Un argumento castellanamente asesinatorio.

 

Alcira Argumedo, cuyo predicamento intelectual en la izquierda ha sido siempre destacado, lanzó una catarata de cuestionamientos a la ética de oficialistas y opositores. Para justificar que su voto favorecería a De Vido.

 

El cordobés Juan Pereyra aportó el argumentum gastronomicus . Dijo que confiaba en la honorabilidad de De Vido porque cuando fue intendente conoció, café mediante, al entonces ministro. Y nunca le pidió nada para aprobar la concreción de obras públicas bajo su presupuesto.

 

Tampoco los que votaron por la expulsión se destacaron por la solidez de sus fundamentaciones.

 

Héctor Baldassi, diputado cordobés y candidato a renovar su banca, desgranó un par de oraciones, ajenas y mal leídas. Blanca Rossi, en cambio, demostró que, por lo menos, un altavoz no la asusta.

 

Sólo Mario Negri, que cerró el debate como líder del interbloque oficialista, y Juan Brügge, que presentó los argumentos constitucionales que fundamentaron el voto del massismo, sobresalieron por encima del resto, en un panorama de una mediocridad pavorosa. Elisa Carrió hizo el juego de costumbre. Histriónica y ácida, como cuando calló sin trámite a Juliana Di Tullio, una filosa espada de Cristina.

 

El límite lo encontró en los votos. Acostumbrada como está 
a la política testimonial.

 

VER NOTA: http://www.lavoz.com.ar/politica/declaran-premio-desierto-en-la-tombola-del-orgullo

 

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